Pic d'Anie (2.504m) desde Collado de Ernaz (1.768m)

Distancia 9,51 km *
Altitud Máxima 2.504 m
Altitud Mínima 1.768 m
Desnivel Positivo Acumulado 736 m *
Desnivel Negativo Acumulado 736 m *
Regiones Pirineos AtlánticosNueva AquitaniaFrancia
  • Valores mínimos calculados a partir del recorrido ideal trazando una línea recta ficticia entre hitos. Deben tomarse como mera referencia, ya que pueden diferir en mayor o menor medida en función de la topología del terreno y el recorrido real realizado.

El domingo nos levantamos en el Refugio de Linza de nuevo sobre las 7:30, desayunamos, recogimos todo, pagamos la cuenta y cogimos el coche para conducir hasta el aparcamiento de Arette la Pierre Saint-Martin (1.760m), donde llegamos a las 9:45. El día había salido incluso mejor que el anterior. Nada de nubes, nada de viento y una temperatura perfecta.

Comenzamos a caminar por sendero y enseguida llegamos a la falda del Arlas (2.044m), que rodeamos por la derecha. Desde allí ya se podía ver el Pic d’Anie (2.507m), imponente, puntiagudo, muy nevado y precioso. Seguimos por senda sin dificultad, subiendo y bajando lomas durante alrededor de hora y media. Fuimos solos durante todo el camino, pero en un momento dado alcanzamos a cuatro montañeros y comenzamos a subir detrás de ellos. A mí me parecía que iban despacio. Le comenté a Paula que podríamos adelantarlos pero me dijo que ella iba bien, así que continuamos detrás durante alrededor de veinte minutos.

Llegó un momento en que nos paramos todos en un punto, donde encontramos a dos tíos más. Justo enfrente había una pared bastante inclinada, de unos 45 grados, en sombra y repleta de nieve. La pareja estaba subiendo sin crampones, pero a duras penas y con muy buenas botas, y el resto había decidido ponérselos ya. Yo pude subir un tramo medio trepando por entre las rocas, pero era bastante peligroso porque la nieve estaba muy dura. Cuando estaba casi arriba Paula me gritó que subiera yo solo, que ella se quedaba porque no podía ponerse sus crampones en las zapatillas.

Comencé a bajar. El grupo de cuatro le preguntó a Paula y ella les comentó que se había olvidado las botas, así que decidieron intercambiar crampones. Afortunadamente, uno de ellos llevaba botas para crampones semiautomáticos y pudo ponerse los de Paula, así que le dejó los suyos a ella. Yo me puse los crampones también y comenzamos a ascender. Paseamos por nieve durante unos quince minutos. Luego nos quitamos los crampones para continuar por una zona también con pequeñas calvas de nieve, pero por las que se podía caminar sin problemas.

Llegamos a una zona kárstica debajo de la falda. Anduvimos un rato por allí, subiendo y bajando entre rocas y nieve, hasta que llegó un punto en el que la cantidad de nieve ya era mayor y se andaba más seguro con crampones, así que nos los volvimos a poner. Toda esa zona era de ensueño, subiendo y bajando pequeñas lomas y cruzando pequeños puentes de nieve, con el cielo azul y el sol brillando. Disfrutamos muchísimo hasta que por fin llegamos a la falda. Había algunas personas subiendo y se veían realmente pequeñas, y la falda estaba completamente nevada y se intuía muy empinada. Habíamos visto a gente subiendo por distintos sitios, pero se veía un camino muy bien marcado con huellas que subía por la ladera al sol. Decidimos subir por allí.

Cuando llegamos a la falda, efectivamente la pared superaba los cuarenta grados de inclinación, y al mirar hacia arriba la cima se veía realmente lejos, así que nos lo tomamos con calma. Yo subía delante y Paula iba detrás, a unos veinte metros. De vez en cuando paraba a ajustarse los crampones porque con zapatillas no conseguía fijarlos del todo, pero aun así no nos quejábamos porque habíamos tenido una suerte tremenda de encontrarnos con el grupo de navarricos.

A media falda la pared era todavía más inclinada. Debería tener unos cincuenta grados y mirando hacia arriba se prolongaba eternamente. Yo había decidido subir clavando los crampones en lugar de seguir las huellas, pero la nieve estaba algo blanda y me estaba patinando mucho, así que no estaba disfrutando demasiado. Más tarde decidí subir por las huellas, que aunque me obligaban a dar unas zancadas enormes, al menos permitían que no me resbalase. De esa forma me recuperé un poco y comencé a subir más a gusto.

En un momento miré hacia arriba y vi al grupo de navarros bebiendo agua, a unos cincuenta metros, y pensé que habían parado allí a descansar. Les alcancé en unos minutos y cuando llegué vi que estaban ya en la cima y que no había más monte que subir. Enseguida llegó Paula, nos hicimos unas fotos, charlamos un rato con ellos, disfrutamos de las aún más impresionantes vistas que el día anterior, viendo de nuevo todo el Pirineo al fondo y la Mesa de los Tres Reyes enfrente, y bajamos unos metros a comer algo antes de descender.

El descenso fue muy sencillo y también muy divertido. Estuve sacando fotos durante todo el camino y cada dos por tres nos parábamos a repetir lo alucinante que era el paisaje, el tiempo, y la suerte que habíamos tenido en todo momento. Dejamos la falda atrás y continuamos subiendo y bajando lomitas de nieve y roca de nuevo, esta vez relajados siguiendo las huellas de otros, volviendo por un camino distinto por el que fuimos. Seguimos avanzando y avanzando hasta que la nieve comenzó a escasear y nos quitamos los crampones. Continuamos sorteando pequeñas lomas hasta que nos encontramos de nuevo con el grupo de navarros. Tras largo rato serpenteando, siguiendo el sendero de vuelta, llegamos de nuevo al Arlas, lo rodeamos, sacamos unas fotos más y enseguida llegamos al aparcamiento, sobre las cuatro.

Allí estaban casi todas las personas que nos habíamos encontrado por el camino, que no eran muchas para el día tan bueno que hizo. Nos cambiamos, saludamos a todos, nos despedimos y condujimos de vuelta hacia Pamplona parando a tomar una cerveza en Isaba. Enseguida se hizo de noche. Llegamos de nuevo a Elortz, donde nos despedimos.

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