Gran Facha (3.005m) desde Embalse de la Sarra (1.450m) ➝ Balaïtous-Picos del Infierno, Pirineos, Huesca, España

Distancia 17,1 km *
Altitud Máxima 3.005 m
Altitud Mínima 1.450 m
Desnivel Positivo Acumulado 1.555 m *
Desnivel Negativo Acumulado 1.555 m *
  • Valores mínimos calculados a partir del recorrido ideal trazando una línea recta ficticia entre hitos. Deben tomarse como mera referencia, ya que pueden diferir en mayor o menor medida en función de la topología del terreno y el recorrido real realizado.

Los días en invierno son muy cortos y ya salimos de Pamplona algo tarde para llegar al Embalse de la Sarra (1.450m) también algo tarde. Comenzamos a caminar hacia el Refugio de Respomuso (2.208m) sobre las 12:30 y llegamos relativamente rápido, ya que el GR-11 estaba bastante limpio pese a que todo a su alrededor estaba cubierto por un espeso manto de nieve.

En el refugio picamos algo y continuamos hacia el Gran Facha (3.005m) sin detenernos mucho, pensando en decidir por el camino si nos dábamos la vuelta o no en función de cómo fuéramos de tiempo. Eran ya cerca de las 14:30. Ningún chiflado había pasado por allí para abrir huella, así que la tuvimos que abrir nosotros. Fue bastante duro llegar hasta el Collado de la Facha, desde donde comienza la ascensión directa a la cima, pero íbamos como locomotoras. Consideramos que habíamos invertido mucho menos tiempo del esperado y la cima parecía ya a tiro de piedra en el GPS, así que nos armamos de piolet y comenzamos a ascender por la arista Norte prácticamente en línea recta, sorteando panzas de nieve casi verticales en algunos momentos y sacando chispas a los crampones en otros. Daba la sensación de que la cima estaba ahí al lado pero la subida se hacía interminable. Cada loma que nos parecía la última daba paso a otra, y a otra, y a otra.

Finalmente llegamos a la cima, muy cansados, pero contentos de no haber desistido. Había comenzado a anochecer y el buen tiempo estaba dando paso a unas nubes con muy mala pinta. Al oscurecer, la temperatura cayó en picado. Comenzó a nevar. Nos apresuramos a descender, teniendo en mente llegar lo antes posible al collado. Pero en nuestro afán de bajar rápido nos desviamos hacia el Oeste y comenzamos a descender por las paredes que van a parar a la vaguada anterior al collado, mucho más verticales. Se hizo totalmente de noche. Yo había llevado un frontal de reserva para Óscar pero al ponerle las pilas no se encendió, así que bajamos sólo con uno de ellos. La tormenta empeoró hasta el punto de que la ventisca de nieve y la oscuridad devoraban casi totalmente la luz del foco.

Aunque sabíamos que teníamos que descender, no sabíamos exactamente dónde estábamos porque no veíamos prácticamente nada. Yo bajaba primero utilizando las pequeñas grietas verticales entre las rocas, repletas de nieve. Clavaba el piolet y me dejaba caer a toda velocidad, teniendo mucho cuidado de no llegar a ningún cortado. De vez en cuando topaba con uno. Entonces salía de la grieta y me desplazaba por la pared de roca hacia la izquierda para encontrar una nueva línea. Óscar me seguía más despacio. Llegó un momento en el que hacía muchísimo frío y no veíamos absolutamente nada. Mi principal miedo era que nos viéramos en un punto totalmente vertical que no pudiéramos sortear sin cuerda, que tuviéramos que rodear ascendiendo, perdiendo aún más tiempo.

Llegamos a un llano y pensamos que habíamos encontrado la vaguada que precedía al collado. Pero nuestras huellas no estaban. Las buscamos con el frontal, pero no había ni rastro de ellas. En ese momento eché mano del GPS y al ver que no recibía señal debo reconocer que me empecé a preocupar. Pensamos un poco y dedujimos que la vaguada tenía que estar más abajo, porque por mucho que nos hubiéramos desviado en una dirección u otra, teníamos que toparnos con ella si seguíamos descendiendo. Así que seguimos descendiendo, pero siempre con el temor de llegar a algún tramo más complicado.

Tras unos momentos interminables de seriedad absoluta, en los que yo avanzaba unos metros y me detenía para guiar hacia mí a Óscar con la luz de mi frontal, la nieve nos inundó por completo, la pendiente se suavizó, y súbitamente pudimos ver nuestras huellas. Comenzamos a gritar de alegría y nos dimos un tonto abrazo. Nos ajustamos la ropa, nos quitamos el hielo de los guantes y comenzamos a descender sobre nuestros pasos, congelados, exhaustos, pero contentos de tener claro hacia dónde dirigirnos. Poco a poco la tormenta amainó y las nubes desaparecieron. Caminamos bajo el cielo estrellado a la luz de la luna, totalmente solos, cansadísimos, pero maravillados por la belleza del paisaje. Estábamos además muertos de hambre, preocupados porque la cena en el refugio se servía a las siete y no íbamos a llegar antes de las ocho. Probablemente ni siquiera podríamos cenar algo caliente y eso nos enfadaba aún más.

Después de mucho caminar llegamos al calor del refugio. Los guardas nos comentaron que estuvieron a punto de salir con linternas y mantas a buscarnos. Yo pensé que era una broma pero lo dijeron en serio. Les contamos nuestra aventura y nos dijeron que no nos preocupáramos, que nos secáramos y cambiáramos tranquilamente y que después nos pondrían la cena caliente. Nuestras caras mostraron nuestras mejores sonrisas. Cenamos, contamos batallitas a todo el mundo en el refugio y nos fuimos a dormir como angelitos.

Al día siguiente algunas personas que estaban en el refugio pensaron en subir al Gran Facha aprovechando nuestra huella, pero ni siquiera así lo intentaron. Nosotros desayunamos tranquilamente y luego bajamos con calma por el GR-11 de vuelta hasta el Embalse de la Sarra, donde habíamos dejado el coche. Con la aventura del día anterior tuvimos suficiente para todo el fin de semana.

Notas

  • Los guardas de Respomuso se portaron más que bien. Así como en otros refugios, sobre todo en la parte francesa, los guardas suelen ser bastante ariscos, éstos nos recibieron de buen humor y no tuvieron ningún inconveniente en darnos de cenar fuera de horas.

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