Elbrús (5.642m) desde Azau (2.360m)

Tiempo Total 2 días 4 horas 20 minutos
Distancia 32,01 km
Altitud Máxima 5.653 m
Altitud Mínima 2.379 m
Desnivel Positivo Acumulado 3.612 m
Desnivel Negativo Acumulado 3.599 m
Regiones Rusia

Se podría decir que tu zona de confort está limitada por la certidumbre. Todo lo que no conoces se sitúa fuera de ella y te hacer sentir incómodo. Y la única forma de hacer desaparecer esa incomodidad es conociendo, ampliando tu zona de confort para contener las respuestas a esos interrogantes.

Mi cabeza estaba llena de pensamientos incómodos. Había preparado una mochila minimalista y no sabía si lo que llevaba dentro sería suficiente. Unos días antes, al llegar al hotel, hablé con una chica que estaba cenando sola en el comedor. Me dijo que quería ascender al Elbrús en solitario y que si lo conseguía, se convertiría en la primera mujer de Kósovo en hacerlo. Me dijo que llevaba unas botas Millet de alta montaña que eran el siguiente modelo a las que se usan en ochomiles, y que había alquilado un saco de -40º. También me dijo que había oído que en los refugios había estufas eléctricas pero que los grupos grandes solían llevárselas para ellos. Mi saco es de 0º y mis botas rígidas son unas botas normales, sin botín. Llegados a ese punto ni se me ocurrió comentarle que llevaba poco más que un primaloft.

Subida a Barrels desde Azau

Después de las dos ascensiones de aclimatación de los días anteriores me encontraba cansado. El día había amanecido azul y fantástico y esta vez había podido desayunar a su hora. Había metido en la mochila únicamente lo imprescindible y había dejado el resto de cosas en el petate, guardadas en el hotel. No tenía reserva para la vuelta y no sabía si volvería un día antes o después, ya que me había guardado un día de margen por si hacía mal tiempo o si decidía descansar o aclimatar algo más. Lo comenté en el hotel y me dijeron que no tendría problema a mi vuelta.

A primeras horas de la mañana ya se sentía un agradable bullicio en Azau. El inconveniente de andar varios kilómetros por carretera de los días anteriores hasta Terskol ahora había desaparecido, ya que las anchas pistas que suben hacia los refugios estaban justo enfrente, justo a la derecha de las grandes líneas de remontes que todo el mundo coge. A pesar de subir por pistas, son pistas de esquí sin sendero y con bastante pendiente y, como de costumbre, sin una sola zeta. Pero bueno, tenía todo el día y hacía un día estupendo, así que comencé a ascender con mucha calma, saboreando el recorrido. Creo que el hecho de subir en remonte hasta los refugios no ayuda en absoluto en la aclimatación. Personalmente pienso que una ascensión tranquila es mucho más efectiva.

A medida que ganas altura la verde vegetación que inunda el valle va dando paso a un paisaje más rocoso, casi volcánico. La ascensión por las enormes pistas no tiene pérdida, sin bifurcaciones hasta llegar mucho más arriba, pasada Krugozor (la primera estación, a unos 2.970 metros aunque un cartel reze que está a 3.000 metros). E incluso en ese punto, a unos 3.100 metros, cualquiera de las dos opciones conduce a los refugios. Yo había preparado ambas, más que nada por si encontraba nieve en una de ellas. Pero no fue el caso. Tomé la opción de la derecha porque me pareció simplemente más cómoda, aunque no parece la más transitada.

Alejándome ligeramente de los remontes descendí primero unos metros para luego llegar a una curva donde yace abandonado un tanque totalmente aplastado y lo que parecían los restos de un antiguo remonte. Esta subida, igual que la otra, conduce directamente hasta Mir, la segunda estación, a una altitud de unos 3.460 metros. Se trata de un paisaje solitario y tranquilo, en continua pendiente, con la única compañía de los remontes que suben y bajan incesantemente en la distancia.

Al llegar a Mir descansé un rato para picar algo. Me alejé del bullicio del turisteo que iba y venía sin llegar a averiguar qué estaban haciendo allí. Grupos de familias enteras se apartaban de las instalaciones para sacarse unas fotos o caminar unos metros más por pista. Tal vez se trataba simplemente de un alto en el camino antes de coger el último remonte que asciende hasta Garabashi, desde donde el conglomerado de refugios y el ir y venir de montañeros y pseudo-montañeros proporciona una estampa más pintoresca y se puede jugar un poco con la nieve e incluso fotografiarse con el imponente Elbrús de fondo en días despejados.

El mítico Refugio Barrels está unos 100 metros por debajo de Garabashi. Es de hecho el refugio menos elevado del conglomerado, situado a unos 3.720 metros de altitud, lo cual es un pequeño inconveniente tanto para aclimatar como para iniciar la ascensión a la cima. Al girar en una última curva pude ver los inconfundibles contenedores cilíndricos situados algo más arriba, en una pequeña colina. A mi derecha, un café, y a mi izquierda, una caseta con aspecto de oficina. Me dirigí a esta última. En el interior había varias personas charlando y cocinando. Una de ellas era Denis, a quien había hecho un pago semanas antes por la reserva del alojamiento. Decir que hablaba dos palabras en inglés sería exagerar, pero nos entendimos lo suficiente como para que me dejara en manos del encargado de los contenedores.

La sensación al entrar en el contenedor fue de alivio. Mi zona de confort definitivamente se amplió un poquito más en ese momento. Los contenedores por fuera son metálicos, pero por dentro están forrados de madera. Una primera estancia hace de recibidor, para dejar el material y las botas, y al fondo se distribuyen seis camas. Y, por supuesto, había un radiador encendido y una temperatura agradable. Ya sabía dónde tirarme a descansar y también sabía que no pasaría frío.

El encargado tuvo buen ojo al ubicarme. En el contenedor había un grupo de tres alemanes, y uno de ellos hablaba inglés bastante bien. Fue él quien me puso al día en cuanto a retretes, agua y alguna cosa más, así que enseguida tenía casi todas mis necesidades resueltas. Todas menos una. Mi última preocupación era saber si podría comer caliente en el café, ya que no había llevado nada de comida.

Descanso en Barrels

Una única chica se encargaba de preparar la comida y servir las mesas en el café. Me moría por una sopa y una cerveza, y por suerte ambas cosas son sagradas en Rusia. Casi me eché a llorar cuando en pleno ambiente de montaña probé aquella sopa cocinada a fuego lento, con sus verduritas y sus cachitos de carne... Nada de sopa de sobre. Y esa fresca cerveza de medio litro... Ahora ya podía dormir tranquilo.

Al rato de llegar de vuelta al contenedor uno de los alemanes, el más risueño de ellos, me gritó que fuera había unos españoles. No me pareció que tuviera que salir a todo correr por ello, pero aun así me levanté de la cama y fui a mirar. Al fin y al cabo allí la vida se detiene ligeramente, como en las islas, y cualquier cosa se convierte en un acontecimiento. Fuera había una pareja de simpáticos valencianos con los que estuve charlando un rato. Ellos estaban alojados en alguno de los refugios de arriba y habían bajado a curiosear.

El resto del día y toda la noche estuve durmiendo a pierna suelta, recuperando energías y (eso creo) aclimatando pasivamente. Al alba salí del contenedor para visitar las bonitas letrinas de madera y agujero en el suelo, y para mi asombro en el cielo no había una sola nube y justo enfrente posaba impresionante el Elbrús, bañado por la cálida luz dorada de la mañana, que también iluminaba mágicamente los contenedores (cuando llegué el día anterior la niebla lo inundaba todo e incluso llovió por momentos). Para mi sopresa, la temperatura no era tan gélida como habían descrito los valencianos. Saqué unas fotos y seguí durmiendo.

Lo único que hice al despertarme y el resto del día fue subir a pasear por los refugios de Garabashi. Aquello era un ajetreo constante de motos de nieve, snowcats y mucha gente. Y allí ya había nieve. Una pequeña zona estaba ocupada por un guía, que estaba dando una rápida clase de autodetención a sus clientes. Me quedé mirando unos minutos, pensando en el sinsentido que tenía aquello, cuando de repente me fijé en que a mi lado estaban los valencianos. Ellos tampoco querían tener mucho que ver con ese espectáculo que proporcionaba su grupo y estaban esperando pacientes un poco alejados. Estuvimos charlando largo rato de nuevo y me explicaron cómo fueron sus días previos.

Todo lo que me contaron confirmó mi elección de hacer el viaje en solitario. El guía no les había permitido hacer nada de lo que querían y tenían que esperar constantemente al grupo por la diferencia de experiencia y de condición física. Tampoco les permitió ir más allá de las señales azules al ascender a Cheget, ni les llevó a ver la bonita Cascada Trenzas de la Novia. Su experiencia hasta ese momento se había quedado a mitad de camino comparada con la mía. Por el contrario, habían ascendido un día hasta Pastukhov Rocks (a unos 4.650 metros) y el siguiente hasta los 5.000 metros, por lo que supuestamente estaban mejor aclimatados. Me contaron que a 5.000 metros la pendiente y la nieve se volvían algo más peligrosas, y aquello me dio que pensar el resto del día. Tal vez no sería sólo andar como tenía pensado.

El resto del día lo pasé dormitando y decidiendo que echaría a andar a las 00:30, todavía más pronto. La previsión meteorológica no era mala, pero había visto que el tiempo allí es muy cambiante, tendiendo a estropearse sobremanera a partir del mediodía. Los alemanes, que eran parte de un grupo de doce, habían preparado los petates y se habían marchado (sí, petates, en los que no se habían privado de meter nada ya que habían subido en remonte y ahora lo harían en snowcat hasta un refugio en la zona del Priyut 11, sobre los 4.050 metros, desde donde iniciarían la ascensión). Ahora tenía el contenedor para mí solo, al menos durante unas horas.

Mientras echaba la siesta entró un tipo con una chica. El tipo era un amigo que estaba haciendo de guía para la chica, una muchacha de Siberia que había llegado también para ascender al Elbrús en solitario. La verdad, no tenía mucha pinta de montañera, aunque la vi muy decidida. Tenía la intención de pasar allí una semana para aclimatar, siguiendo las instrucciones de su amigo, pero estaba preocupada porque el resto de la semana parecía que iba a llover bastante. Por suerte hablaba buen inglés, así que estuvimos charlando largo rato. Cuando le enseñé mi primaloft me miró con cara de asombro y me dijo que ese trapito no era suficiente. Le dije que era ropa técnica pero eso no le convenció, lo que volvió a empequeñecer un poquito mi zona de confort (joder, ¡era de Siberia!).

Ascensión al Elbrús

El despertador sonó a las 00:00. Por fin llegó el momento. Al contrario que en muchas otras ocasiones no tenía ni pizca de sueño y me encontraba muy descansado. Algo normal teniendo en cuenta que llevaba 36 horas prácticamente hibernando y comiendo sopa. No sabía si mi plan maestro de aclimatación, que comenzó días atrás, tendría efecto o no, pero en cualquier caso lo iba a comprobar enseguida. Me vestí sigilosamente, cogí la mochila y salí del contenedor en plena noche.

Hacía frío, pero era soportable, y mejoraría al echar a andar. Eché a andar con los crampones puestos por entre las piedras, ya que unos metros más abajo comenzaba una lengua de nieve que conducía a los refugios de Garabashi. Excepto algún que otro alma somnolienta en busca de letrinas, parecía que era la única persona despierta. Comencé a andar muy despacio por la nieve porque sabía que el día iba a ser largo, y habiendo salido tan pronto no tenía demasiada prisa.

En Garabashi había un poco más de bullicio. Los snowcats comienzan muy temprano a subir gente ladera arriba. Hasta los 5.000 metros se sube en línea recta, literalmente, por una ancha autopista nevada que los snowcats empeoran con sus orugas. Hay gente que no se contenta con subir en remonte hasta los refugios y sube en snowcat hasta Pastukhov Rocks e incluso hasta el final de la autopista. Aun así, por supuesto, los últimos 600 metros son los más duros y cada uno carga con su propio hándicap.

Yo iba ascendiendo a mi paso, cómodamente, tranquilamente. Me encontraba muy bien. La oscuridad de la noche no te permite parar a contemplar el paisaje, y esta era una noche muy cerrada. Mirando alrededor sólo podía ver alguna que otra luz, y de vez en cuando un snowcat me pasaba a pocos centímetros generando un estruendo que enseguida desaparecía. Llegué a los refugios de Priyut 11 (sobre los 4.050 metros) y allí alcancé a ver fugazmente algún snowcat más iluminando una caseta de la que salía a la carrera un pequeño grupo para montarse ordenadamente en la parrilla trasera.

Más adelante comenzó a nevar y a hacer un viento bastante fuerte, lo suficiente para ser desagradable. La parte izquierda de mi cara estaba soportando todo ese viento gélido, que además levantaba una nieve “perdigón” que me obligaba a mirar ligeramente hacia la derecha y hacia abajo, alcanzando a ver poco más que la luz de mi frontal. Comencé a adelantar a gente. Un chaval no podía seguir el ritmo y cada dos por tres se tumbaba en el suelo a descansar, sobre la nieve. Luego adelanté a más grupos, que se paraban intermitentemente en las rocas. Yo no es que fuera rápido, pero no suelo parar.

En Pastukhov Rocks, a 4.650 metros, parecía que fuese a llegar algún famoso. Todavía era de noche y estaba nevando y soplando ese viento gélido, pero se distinguían las luces de los frontales de cientos de personas allí paradas, esperando al resto de su grupo o encordándose o ascendiendo sumamente despacio. Muchos snowcats y muchas motos de nieve llevan a gente hasta allí. Aquello es el final de las rocas, desde donde la pendiente se agudiza y ya hay sólo nieve.

Por suerte todo el mundo seguía una pequeña traza que subía zigzagueando. Por desgracia, era difícil salirse del camino, así que aprovechaba las pequeñas curvas para adelantar a unas cuantas personas cada vez. Comenzó a amanecer y mirando abajo pude comprobar lo inmenso del lugar, a pesar de parecer tan cercano los días anteriores. Había como unas doscientas personas subiendo, además de más snowcats llegando hasta los 5.000 metros y dejando a mucha más gente allí. Un poco más abajo yace un snowcat medio enterrado en la nieve, abandonado posiblemente porque se estropeó definitivamente y era más barato dejarlo allí. Me acerqué a beber algo de agua. En ese momento tenía las manos muy frías, sobre todo la izquierda. Llevaba unos guantes finos de lifa. No suelo tener problemas de circulación en las manos, pero hacía mucho frío. Saqué de la mochila unas manoplas que rara vez utilizo y que había llevado por si acaso, y ya no me las quité.

Al llegar a 5.000 metros hay que continuar hacia la izquierda, en diagonal, para ir acercándose hacia el collado entre las dos cimas. A pesar de cambiar de dirección, la pendiente sigue siendo dura. Esta diagonal es larga, y se hace aún más larga por la altitud. Ya no hay zetas, aunque se agradece salir de la autopista, donde la pendiente es más fuerte y se suceden más accidentes (más por negligencia que por la dificultad del terreno, por cierto).

Una vez superada la diagonal, la pendiente se suaviza bastante y el sendero va tomando dirección Norte hasta llegar al collado. Allí la temperatura era más agradable por momentos, al estar la mañana más avanzada y por el hecho de estar caminando a resguardo de las dos cimas. En el collado, a unos 5.370 metros, había de nuevo multitud de gente parada, dándose un respiro antes de afrontar la última pala.

A la izquierda del collado hay que superar un último tramo con más pendiente que los anteriores. No es un tramo complicado pero sí está más expuesto, por lo que hay colocada una cuerda fija a la que prácticamente todo el mundo se ancla. En cualquier caso, en caso de caída irías a parar al collado tras unas cuantas vueltas en la nieve, así que tampoco es que sea un tramo excesivamente delicado. Pero en fin, si hay una cuerda fija será porque ha habido accidentes, tal vez por la altitud.

Tras este tramo, de unos 800 metros de longitud y que te puede dejar sin aliento, hay que hacer un último giro hacia el Oeste para dejar atrás la fuerte pendiente y avanzar unos 450 metros más por un terreno mucho más suave que supera unos 80 metros de desnivel antes de alcanzar la cima. La cima, para mi sorpresa, es un pequeño y visible promontorio situado unos metros más alto, con cabida únicamente para un puñado de personas. Una grata sorpresa.

A pesar de que durante toda la mañana el cielo había estado despejado, al llegar a la cima los nubarrones comenzaron a ir y venir y a taparlo todo. De todas formas, y al contrario de lo que pueda parecer, la cima no da la sensación de ser un lugar sumamente despejado. Hacía mucho frío, así que tomé unas fotos rápidas y comencé a descender.

Bajando algo paralelo a la cuerda fija de la misma forma que lo hice al subir para evitar las aglomeraciones, oí un grito de “¡has hecho cima!” que venía de los valencianos. Los pobres lo estaban pasando evidentemente mal, a pesar de subir probablemente al paso lento establecido por el guía para todo el grupo. A mi pregunta de qué tal, respondieron tan sólo con un lastimero “bueno...”, pero la realidad es que estaban ya muy cerca.

Seguí bajando hasta el collado, donde comí algo antes de continuar descendiendo para salir de entre las dos jorobas y entrar en la diagonal. A pesar de la hora todavía me cruzaba con gente que subía, incluso al llegar a la autopista. Desconozco si toda aquella gente alcanzó la cima, pero el tiempo estaba empeorando por momentos y era ya muy tarde, así que yo diría que no. Por debajo de Pastukhov Rocks un mar de nubes lo inundaba todo.

Si la bajada del Cheget te puede convertir los cuádriceps en puro acero, esta bajada los transforma en indestructible diamante. Es una larga bajada en la que hay que echar paciencia. Además, a medida que pierdes altura la nieve va empeorando, hasta convertirse en una masa pastosa y molesta. Al llegar a Pastukhov Rocks entré en un mar de nubes, pero por suerte llegando a los refugios de Priyut 11 el paisaje se aclaró de nuevo y pude admirar todo el estropicio y sentir esa sensación de suciedad que proporciona la mano del hombre en la naturaleza. Ya que la bajada es una perfecta línea recta continué a piñón fijo hasta Garabashi, donde en lugar de descender por la nieve decidí dar un respiro a los pies y prescindir de los crampones utilizando la pista.

Al llegar a Barrels fui directamente a mi contenedor y descansé un rato. Luego me pasé por el café a tomar una última sopa y una cerveza antes de preparar de nuevo la mochila para continuar la eterna bajada hasta Azau. Al llegar a Mir giré esta vez a la derecha para probar la opción que no elegí al subir. Ese lugar es un pedregal bastante incómodo, pero en la parte derecha hay unas formaciones glaciares impresionantes. Durante todo ese tramo una tormenta que me había estado persiguiendo desde la salida rompió finalmente en fuerte granizo. Escuchando el estruendo de los truenos no hacía más que pensar en lo atractivos que serían los remontes sobre mi cabeza para los rayos. Por suerte, en la bifurcación la tormenta fue amainando, y poco a poco mi ropa se fue secando a medida que fui perdiendo altura.

Descanso en Azau y regreso a Mineralnye Vody

Al llegar a Azau tuve que balbucear nuevamente, ya que la señora con la que me había comunicado días antes me había dicho que no estaría pero que dejaría instrucciones a su madre sobre mi vuelta. Su madre no sabía nada de mí ni de mi petate, aunque afortunadamente otras cocineras me conocían y pude aclararlo todo con ayuda de una providencial chica allí alojada que hablaba perfecto inglés (y perfecto ruso).

El resto del día lo pasé descansando y comiendo, ya que Irina me había conseguido finalmente un taxi para volver a Mineralnye Vody que los días anteriores no estaba disponible y que me estaba poniendo un poco nervioso (otras opciones pasan por coger dos autobuses o buscar un colectivo).

Al día siguiente, tras desayunar bliní con la providencial chica y sus simpáticos padres bajé a reunirme con mi taxi. Una mujer rechoncha, fuertota y rubia, con las cejas muy depiladas –de esas con aspecto de rusa rural– me estaba esperando en un Kia que tendría al menos 200.000 kilómetros. Bajamos a Terskol para recoger a una madre y su hija ucranianas y partimos hacia Mineralnye Vody. Tras unos 20 minutos el coche empezó a ahogarse y tuvimos que parar en la cuneta a intentar arrancarlo. Menos mal que hasta la noche no cogía un tren.

Yo no tengo ni idea de mecánica, pero al menos sé que si el coche se ahoga no es porque le falte aceite, y que el aceite no hay que echarlo con el motor caliente. Hasta ahí llego. Pero bueno, si la mujer me dice que le ayude a echar aceite al coche, yo la ayudo. Por supuesto aquello no sirvió de nada y la mujer tuvo que llamar a su marido para que viniera a recogernos. El marido llegó al rato en otro coche más pequeño y tal vez más viejo, y con su camiseta de tirantes empezó a tocar cables y apretar tapas como lo haría yo, o sea, sin tener ni idea de lo que estaba haciendo. Así que al final la mujer llamó a alguien para cambiar de coche. ¿Y quién llegó al rato? ¡Vladimir en su Lada!

Trasladamos las maletas de coche, remolcamos el de la mujer hasta un taller cercano con una cinta que se rompió varias veces, e iniciamos un ameno viaje de vuelta hasta Mineralnye Vody, donde Vladimir me dejó amablemente cerca de la estación y cruzamos emails para intercambiarnos música de Satriani.

Hitos

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Comentarios

4 comentarios

Muy buenas tus aventuras por el Elbrus, me han gustado mucho. Veo que te quedaste abajo, en el auténtico Barrels. Nosotros estábamos el Garabashi. La verdad es que pensaba que todos los contenedores eran Barrels, pero ya veo que no. Enhorabuena por la cumbre. Qué envidia, oye.

Gracias Alfredo! Una pena no coincidir por un par de días. Espero que tú también relates tu experiencia.

No te digo más. Vaya puto flipe!! gracias por documentarlo tan bien compañero. Me motiva mucho algo así la verdad, además ese ambiente gris soviético y ese montañon me parece algo bien exótico! Un saludo y gracias!

Muchas gracias Andreu! La verdad es que ha sido toda una experiencia, a pesar de que ya conocía el país. Si te animas no dudes en escribirme.

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