Teide (3.715m) desde Montaña Blanca (2.350m)

Distancia 9,04 km *
Altitud Máxima 3.715 m
Altitud Mínima 2.350 m
Desnivel Positivo Acumulado 1.365 m *
Desnivel Negativo Acumulado 1.365 m *
Notas Más alto de Santa Cruz de Tenerife y de España
Regiones TenerifeSanta Cruz de TenerifeCanariasEspaña
  • Valores mínimos calculados a partir del recorrido ideal trazando una línea recta ficticia entre hitos. Deben tomarse como mera referencia, ya que pueden diferir en mayor o menor medida en función de la topología del terreno y el recorrido real realizado.

La idea asaltó mi mente de una forma muy natural tras regresar de Irán. Allí disfrutamos de un tiempo excelente y al volver nos encontramos con un temporal de lluvia y frío que no hizo más que acentuar el síndrome post-vacacional.

Viviendo en Tenerife

Llevaba mucho tiempo pensando en sacar partido al hecho de poder trabajar en cualquier parte, pero no me había llegado a decidir porque mis primeras opciones eran países tan exóticos –y lejanos– como Japón o India. Pero Canarias apareció de repente como la elección perfecta: buen clima, todavía España pero relativamente lejos de la Península, y un par de provincias con sus picos más altos para tachar de mi lista. El lugar perfecto para vivir durante un mes y probar si merecía la pena trasladar la rutina diaria a un lugar desconocido.

Mi elección final fue Santa Cruz de Tenerife, la capital de Tenerife. Busqué una habitación de alquiler en un piso compartido y, entre varias opciones (hay bastante oferta en la isla), me decanté por un couchsurfer que resultó ser todo un acierto. Quería estar en plena capital para poder disfrutar del bullicio de la ciudad, al mismo tiempo que ocupaba el día a día entre gimnasio y rocódromo.

Santa Cruz no es una ciudad especialmente bonita y no tiene nada de exótico. Pero el ritmo lento de las islas te asalta allí de igual forma. El municipio de La Laguna, prácticamente absorbido por la ciudad y a escasos quince minutos en tranvía, es cuna de universitarios y por ende de vida nocturna, pero yo no iba buscando eso. Mis planes estaban más bien orientados hacia la naturaleza y la montaña, con el Teide y el Morrón de la Agujereada, cimas de las provincias de Santa Cruz de Tenerife y Las Palmas, respectivamente, como objetivos principales. Y todo lo demás sería bienvenido.

Y he de decir que un mes puede dar mucho de sí. Mariano, mi compañero de piso, me prestó una de sus dos bicis, con la que me movía por la ciudad. Encontré un gimnasio al que iba a diario caminando, compaginándolo con las visitas a un rocódromo en La Laguna de reciente apertura y estupenda gente, al que se me ocurrió subir el primer día (y último) en bici. Los rocódromos allí están más orientados al boulder, ya que no hay necesidad de cambiarlos por la roca porque casi siempre hace buen tiempo.

Pasé dos fines de semana en Tenerife y otros dos en Gran Canaria, a donde viajé en ferry (una experiencia muy excitante, por cierto). Subí al Teide y al Morrón de la Agujereada, hice una ruta en bici por el norte de Tenerife y varias vías ferratas y algo de escalada en Gran Canaria. Fui a la playa en pleno diciembre. Conocí a un montón de gente estupenda en las dos islas y, como guinda del pastel, encontré a alguien con quien compartí momentos inolvidables, dulces e inesperados.

Y la pregunta final. ¿Mereció la pena? Desde luego que sí. Siempre aflora la tristeza cuando dejas atrás personas y momentos queridos, pero esa sensación desaparece y los buenos recuerdos permanecen para siempre. Si has de arrepentirte de algo, arrepiéntete de las cosas que hayas hecho, no de las que no llegaste a hacer.

Ascensión al Teide

Había invitado a Irina a subir a La Laguna la noche anterior. Había quedado con una pareja de salados gays y estuvimos cenando con ellos platos típicos canarios y bebiendo unas cuantas Doradas (la cerveza local) mientras a duras penas chapurreaban en inglés y yo traducía. Después nos fuimos a bailar salsa y beber algún que otro gin tonic antes de regresar a Santa Cruz en tranvía.

La noche se alargó bastante y por la mañana Irina me preparó un té con unas hierbas que había traído de Rusia separando de la bolsa una a una unas hojas que decía que me iban a dar fuerzas. Pero lo cierto es que me sentía apaleado mientras caminaba hacia la estación de guaguas para coger el bus que me llevaría hasta La Orotava, donde cogería otro hasta Montaña Blanca.

Montaña Blanca es el punto de partida habitual para ascender al Teide. Es un aparcamiento desde el que sale una pista que asciende hacia el Refugio Altavista primero por terreno bastante árido para más tarde acercarse al gran cono, convertirse en sendero y ascender con más fuerza por terreno rocoso, volcánico.

En el autobús subía un grupillo de chavales que había metido sus bicis de doble suspensión en la bodega y que me estaban abofeteando de envidia mientras pensaba cómo la iban a gozar bajando hasta la playa. Gran y habitual deporte en la isla.

Es conveniente tramitar el permiso para subir al Teide con al menos un mes de antelación, ya que se agotan rápidamente. Se otorga un permiso en una franja de dos horas para un día determinado. Yo solicité el de 13-15 horas un poco a ciegas, pero resultó ser el más acertado, ya que tras barajar distintas posibilidades –como subir desde el nivel del mar o hacer una ruta más larga para incluir el volcán cercano de Pico Viejo–, finalmente decidí seguir la ruta normal desde Montaña Blanca, llegando allí en el bus que sube por la mañana sobre las 11 y regresa sobre las 16 horas. Todo muy justo e imposible con un permiso para cualquier otra franja.

Comencé a ascender a buen ritmo y a medio camino me tuve que parar inexplicablemente cansado. Mientras comía un plátano y oteaba el extraño paisaje volcánico me preguntaba por qué estaba tan cansado, como si no recordara que apenas había dormido la noche anterior. El camino no tiene pérdida, así que no hace falta pensar mucho para darte de bruces con el Refugio Altavista, donde ni siquiera paré. Seguí subiendo por el bonito camino empedrado que asciende hasta el final del teleférico y allí rebusqué en la mochila mi permiso impreso.

En la caseta había un guarda con el que charlé un rato y al que mostré el permiso. Esta mal decirlo, pero echando un vistazo alrededor se intuían muchas formas de burlar aquel paso, aunque nunca se sabe si más arriba otros guardas pudieran estar también controlando el acceso. Lo cierto es que desde la caseta todavía hay que superar unos 150 metros de desnivel y el camino principal es un empedrado del que no te puedes salir, así que podríamos decir que el tramo hasta la cima es de vía única.

Al llegar arriba hay que rodear el cráter por su parte derecha, de Sur a Norte siguiendo un pequeño sendero que conduce hasta la cima. En un momento determinado me asaltó la preocupación al oler los sulfuros que todavía emanan del cráter y quedarme ligeramente sin aire. Había oído que es común incluso perder la consciencia debido a esas emanaciones. Pero fue un pequeño mareo muy pasajero y enseguida pude continuar perfectamente hasta la cima.

En la cima había algún que otro turista y en el centro del cráter un par de tipos, posiblemente geólogos, tomando muestras. Yo no tenía ninguna intención de acercarme allí, menos después del susto con los sulfuros, aunque parecía que ellos no tenían ningún problema de respiración. En fin, unos minutos de sácame fotos que yo te saco a ti, donde a pesar del buen tiempo tuve que echar mano del cortavientos, y tiré para abajo un poco apresuradamente para no perder el último autobús de bajada.

A medio camino tuve que echar a correr porque cuatro horas no dan para muchos descansos. De hecho, tuve que correr mucho y acortar muchas pistas ya en la parte inferior, pateando en línea recta por mares de arenilla, mientras miraba una y otra vez el reloj pensando que no iba a llegar. Corrí y corrí todo lo que pude y llegué a Montaña Blanca a las cuatro de la tarde, o tal vez un par de minutos más tarde,… y allí ya no había un alma.

Pensé que el bus iba con retraso y que pasaría más tarde, pero después de esperar cerca de media hora por allí ya sólo cantaban los grillos. Había todavía un par de coches en el aparcamiento, pero sus dueños no daban señales de vida y me estaba empezando a poner nervioso. A esas horas ya comenzaba a haber menos luz y a bajar la temperatura y aquello se estaba convirtiendo en un lugar desierto. Y la mera idea de pasar la noche por allí, o de tener que andar carretera abajo kilómetros y kilómetros hasta La Orotava, no me hacían ninguna gracia.

De repente apareció una pareja de entre la nada, que seguramente habría estado dando un paseo por los alrededores. Les asalté y les expliqué lo que me había pasado y les pedí que me bajaran en coche. Por suerte la pareja de italianos no puso ninguna pega y me llevaron hasta la misma estación de guaguas de La Orotava, donde cogí un bus hacia Santa Cruz durmiendo todo el camino como un angelito, dejando una colección de babas en el cristal de la ventanilla.

Notas

  • Toda la isla de Tenerife está muy bien conectada por servicios de bus. Google Maps es una herramienta perfecta para consultar horarios y transbordos y es conveniente utilizar bonos de diez viajes, ya que el ahorro es considerable.
  • Para llegar al rocódromo El Muro en La Laguna cogía el tranvía y metía la bici dentro, ya que La Laguna está a mucha más altitud que Santa Cruz y las calles no tienen nada que envidiar a las de San Francisco. La vuelta la hacía en bici, bajando en escasos diez minutos prácticamente sin pedalear. El bono de autobús también vale para el tranvía.
  • El licor Jägermeister es bastante popular en la isla y se puede comprar en casi cualquier supermercado. Yo lo tenía en gran estima hasta que compré una botella para mi despedida y cogí tal borrachera que juré no beberlo nunca más.

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