Cheget (3.461m) desde Azau (2.360m)

Tiempo Total 7 horas 59 minutos
Distancia 22,56 km
Altitud Máxima 3.470 m
Altitud Mínima 2.095 m
Desnivel Positivo Acumulado 1.713 m
Desnivel Negativo Acumulado 1.694 m
Notas Segundo día de aclimatación para Elbrús
Regiones Rusia

El siguiente día de aclimatación tenía la peor previsión del tiempo de toda la semana. De hecho, me cuestioné mucho la subida a Cheget porque la cosa pintaba realmente mal. Tenía una nueva ventana de mejor tiempo de madrugada, pero en teoría llovería mucho antes y lo haría más intensamente que el día anterior. No obstante, el día anterior finalmente no cayó ni una gota e incluso la mañana se volvió soleada por momentos.

En el mismo instante que salí de nuevo a las 4:30 del hotel y miré hacia arriba supe que esa vez no iba a tener tanta suerte. El cielo estaba más nublado y oscuro, sobre todo por la parte opuesta del valle, donde se encuentra el Cheget. Eché a andar carretera abajo, como el día anterior, para esta vez recorrer incluso un par de kilómetros más de carretera.

Desde Azau bajé hasta Terskol y desde allí todavía tuve que continuar un trecho más hasta la pequeña aldea de Cheget, situada al otro lado del río, bajo las enormes laderas de la montaña. El paisaje estaba sin embargo despejado de esa niebla que la madrugada anterior lo inundaba todo. Allí, un montón de pequeños puestos de comida y souvenirs se aglutinan junto a algunos cafés y hoteles alrededor de una amplia plaza desde donde unos remontes de coloridas sillas permiten subir sin esfuerzo la empinada y larga ladera.

A esa hora los puestos estaban todavía cerrados y los remontes parados. Al fondo, un ancho y resbaladizo sendero de barro marca el comienzo de una dura ascensión que gana altura sin piedad prácticamente paralelo a los remontes. Algo más arriba este sendero se vuelve pista y se hace un poco más llevadero, pero la tónica general es de fuerte y constante pendiente.

Tras llevar unos minutos por la pista me encontré a dos soldados rusos. Cheget es un monte que está muy cercano a la frontera con Georgia, por lo que el tránsito por la zona está muy vigilado y, dependiendo de las relaciones entre ambos países en determinadas épocas, incluso muy restringido. Había leído de gente que no había podido llegar a la cima porque les habían ordenado retroceder, pero no esperaba encontrarme militares tan pronto.

Los soldados me pararon y me pidieron la documentación. Como vieron que era extranjero, uno de ellos echó mano del traductor en el teléfono para preguntarme a dónde iba mientras el otro revisaba mi pasaporte con lupa. Les dije que quería subir a Cheget. En un principio me dijeron que no podía pasar de las marcas azules por ser una zona de control fronterizo, pero después de una escueta conversación en la que les dije que al día siguiente quería subir al Elbrús y probablemente debido a mi evidente aspecto de turista montañero, finalmente me dijeron que sí podía subir a Cheget, a lo que asentí con el pulgar y una amigable sonrisa. Esta vez no tocaba clandestinidad, aunque todavía no sabía si encontraría más soldados no tan amables en la parte de arriba (y allí no se andan con chiquitas; traspasar las marcas azules sin el correspondiente permiso escrito te puede ocasionar como mínimo unos cuantos días de cárcel).

Ahora algo más tranquilo continué por la pista hasta darme cuenta de que me había saltado un desvío y estaba alejándome del camino. Eché un vistazo arriba y decidí continuar un poco más para ver si podía retomar la dirección correcta con algo de campo a través, ya que aquella zona estaba despejada de bosque y la ladera sólo tenía algo de hierba. Además, no quería retroceder por la pista y volver a encontrarme con los soldados. En el GPS no tenía mapas, sólo el track. Continué unos metros más y de repente vi un pequeño sendero que salía a la derecha con muy buen aspecto.

Decidí seguirlo y poco a poco fui retomando la dirección correcta hasta llegar a una zona despejada en medio del bosque, junto a los remontes, donde el sendero se perdía entre incómodos matojos. De haber seguido el track habría llegado a ese mismo punto, donde no queda otra que tirar hacia arriba campo a través, muy incómodamente, hasta encontrar otro pequeño sendero que cruza en horizontal y que ya no se pierde en ningún momento. Estaba claro que ese tramo se podía evitar de alguna forma, pero ya lo investigaría al bajar.

Ahora tocaba seguir el bonito sendero sin complicaciones, ascendiendo fuertemente por el bosque, de vez en cuando cruzando los remontes. Más arriba el bosque va desapareciendo hasta que el sendero comienza a discurrir por una zona herbosa hasta llegar a la primera de las estaciones. En toda la ladera hay un par, con sus cafés y sus tiendas de souvenirs. A la derecha, las nubes comenzaron a otorgar una pequeña tregua y de repente volvió a aparecer ante mí el coloso blanco, inmaculado y solitario, irguiéndose majestuoso sobre las verdes praderas del valle.

Sin embargo, encima mío el cielo seguía gris y amenazante, hasta que comenzó a llover. Primero una ligera lluvia, que poco a poco se fue haciendo cada vez más incómoda. Tras la primera estación el sendero se convierte en una pista algo más ancha y serpentea algo más, pero en general la pendiente sigue siendo muy dura hasta llegar a una segunda estación, algo más modesta. Esa estación marca el final de los remontes. Allí ya el paisaje es más árido, sin vegetación, más de montaña. Algo más arriba hay alguna que otra caseta, y después las temibles señales azules. Desde las señales una pista continúa en suave pendiente. Es curioso que a partir de ese momento sea cuando se avance con más comodidad.

Tenía el chubasquero puesto e iba ascendiendo con la cabeza gacha rezando para que dejase de llover como lo estaba haciendo. A mi izquierda resonaban de vez en cuando los movimientos del Glaciar Donguzorin con enorme estruendo, como si de cañonazos se tratara (algo no muy agradable cuando estás en plena zona conflictiva). Mirando hacia delante podía distinguir vagamente una pista que ascendía cómodamente entre la niebla, por un paisaje rudo y rocoso. Sin duda alguna, el tramo más bonito de la ascensión.

Con esa profunda y agradable sensación de soledad que se siente cuando estás en un paraje remoto y agreste bajo la lluvia, que en cierto modo agradecía ya que pensaba que ese mal tiempo desalentaría a cualquier militar de pasear por allí, fui llegando hacia la cima. En los últimos metros una pequeña pendiente se encarama sobre la cresta y de repente puedes ver todo el Valle de Baksán bajo tus pies, y Terskol y Azau y la carretera que los une, allí abajo, insignificantes.

Por alguna especie de intervención divina dejó de llover (voy a empezar a pensar que tengo una flor en el culo con esto del tiempo) y, aunque las nubes iban y venían, pude recorrer los últimos metros de un sendero que discurre entre rocas y piedras para llegar a la también rocosa cima relajadamente, disfrutando del paisaje. Curiosamente, unos metros antes de la cima hay una especie de pluviómetro de metal que podría confundirse con la cima si no estuviera en plena ladera. La cima en sí está adornada con un pequeño hito.

Desde allí al frente se observa la cresta volviéndose mucho más salvaje hacia el Donguzorin, un pico afilado y aparentemente mucho más inaccesible que representa el punto más alto de toda la cadena. Una pena no tener más tiempo y algo de material de escalada para recorrer todo aquello. En fin, tras unos breves minutos de selfies y mediciones tocaba bajar.

El descenso no tuvo mayor complicación. Desde la cima hasta las señales azules simplemente hay que desandar la pista hasta llegar a la segunda estación. Luego allí de nuevo una pista más empinada sigue descendiendo, haciendo que tus cuádriceps se conviertan en dos piezas del mejor acero tras unos días de intensas agujetas. Allí ya me crucé con mucha gente que subía resoplando, por su aspecto seguramente tras haber iniciado la marcha en la primera estación, desde donde la pista entonces se pierde y hay que seguir bajando por sendero –de nuevo ideal para los cuádriceps– paralelo a los remontes donde ya a esas horas subía y bajaba bastante gente. Después el sendero se adentra en el bosque y llega al molesto claro sin sendero de la subida, teniendo que esquivar previamente las piernas colgantes de madres y niños que en ocasiones prácticamente te rozan la peluca (tan cierto como surreal).

Al llegar al claro seguí el sendero que retomé en horizontal al subir, con la certeza de que éste iría a parar a la pista del inicio. Y ciertamente es así. El sendero más adelante gira a la izquierda y baja evitando el claro. Al subir hay que estar atento entonces a este pequeño desvío a la izquierda, a donde salí para seguir relajadamente hasta la pista cruzándome con un tío a caballo (otro momento surreal).

Ya en la pista descendí cruzándome con multitud de domingueros hasta llegar a la aldea de Cheget, donde en aquel momento todos los puestos estaban ya abiertos y el bullicio y el delicioso olor de las brasas para el shashlik lo inundaba todo. Como colofón a la salida sólo me quedaba entonces masticar unos 6 kilómetros de carretera y 200 metros de desnivel para regresar a mi oasis, donde me esperaba mi desayuno a la hora de comer.

Notas sobre el track

  • Saliendo desde Azau hay que añadir 10,8 km de carretera con 260 metros de desnivel (negativo al ir, positivo al volver). Esos tramos los hice en 1h y 1h30’, respectivamente.
  • La ascensión propiamente dicha son 5,8 km con un desnivel de 1.400 metros, una altitud mínima de 2.100 metros y una máxima de 3.470 metros y dura pendiente, que hice en 3h18’. El descenso en 2h.

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