Ben Nevis (1.345m) desde Fort William (10m)

Tiempo Total 6 horas 56 minutos
Distancia 21,93 km
Altitud Máxima 1.357 m
Altitud Mínima 9 m
Desnivel Positivo Acumulado 1.414 m
Desnivel Negativo Acumulado 1.403 m
Regiones EscociaReino Unido

En las lejanas y frías tierras escocesas, repletas de leyenda, se encuentra el Ben Nevis, el monte más alto del Reino Unido. No es una montaña de demasiada altitud (de eso no pueden presumir los ingleses), pero sí que está muy al Norte y ese hecho añade a la ascensión cierta dificultad por el mal tiempo de finales de año.

Nuestro periplo por suelo británico se inició con una mezcla de bromas, risas y emoción cuando comenzamos a conducir desde Edimburgo hasta Fort William en un coche de alquiler inglés por carreteras inglesas, es decir, donde todo es al revés. El trayecto dura una tres horas, y el paisaje al principio todavía resulta familiar, muy parecido al de la costa Norte española. No es sino a medida que se va llegando a las Tierra Altas escocesas cuando todo se torna inusual, pero eso no lo vimos porque en diciembre enseguida anochece.

Tras explorar un poco Fort William, sobre todo sus pubs y su cerveza, nos fuimos a acostar temprano para iniciar la marcha al día siguiente lo antes posible. En el albergue nos dijeron que de media la gente suele tardar unas ocho horas en subir y bajar. Nos pareció un tiempo bastante excesivo, pero aun así decidimos obrar precavidamente y salir con las primeras luces del alba, ya que al llegar, ya habiendo anochecido totalmente, todavía pudimos ver algunas luces de frontales de rezagados bajando del monte. Tampoco era necesario salir de noche, sobre todo con las tremendas heladas fruto del desplome de las temperaturas al ponerse el sol.

Lo primero con lo que nos topamos al amanecer fue con una valla justo enfrente del puente que cruza el río para comunicar con el sendero de subida. Todo ese tramo estaba en obras, así que tuvimos que andar carretera abajo, hacia Fort William, buscando otro puente por el que cruzar. Esto añadió unos 4 km y una hora más al recorrido, que luego tendríamos que volver a realizar al bajar. Pero en fin, el paisaje era muy bonito, lleno de color y a la vez cubierto de blanco por la escarcha de la helada nocturna. Un paisaje que nos llamaba mucho la atención, que nos parecía muy distinto sin saber por qué. Tal vez la luz, tal vez la forma de las laderas y los colores de sus pastos. Tal vez la niebla.

Salvo el primer tramo hasta cruzar el puente y otro pequeño tramo después, absolutamente todo el recorrido, hasta la misma cima, es un sendero empedrado por donde es casi imposible perderse. Al ser el monte más transitado del Reino Unido, el sendero de subida está muy bien cuidado. De hecho, en estas fechas de menor afluencia estaban aprovechando para restaurarlo, de ahí que el puente estuviera cortado.

Ascendimos tranquilamente por todo este empedrado, prácticamente hacia el Este durante todo el trayecto, sacando fotos alrededor como si fuéramos turistas japoneses, maravillados por el paisaje que en realidad no tenía nada de especial pero que al mismo tiempo lo tenía todo. Rodeando otro monte llamado Meall an t-Suidhe por su vertiente Sur, el sendero sigue ganando altura hasta llegar a un lago de mismo nombre. Allí encontramos algo de nieve, pero no la suficiente como para usar crampones.

Desde allí el sendero continúa primero hacia el Sur y luego zigzaguea de nuevo dirección Este, subiendo sin parar hasta llegar a la cima del Ben Nevis. Tras pasar el lago la vegetación comienza a escasear hasta desaparecer más arriba completamente. El único inconveniente que encontramos fue un bloque de nieve que cubría totalmente el sendero en una curva antes de atravesar una pequeña cascada. No es que fuera complicado, pero sí delicado porque toda la nieve que encontramos estaba muy dura, y en ese tramo un resbalón podía originar cuando menos una caída y unos buenos golpes. Durante el resto del trayecto se trata únicamente de seguir el sendero evitando patinar en las piedras cubiertas de una capa de hielo que las hacía muy resbaladizas.

A medida que subíamos el frío se hacía más intenso, especialmente cuando soplaba el viento. La vegetación desapareció y el paisaje se tornó más fantasmagórico, completamente gris por la roca cubierta de hielo, acrecentado por la niebla que comenzó a inundar la cima. Dicen que fuera de temporada la probabilidad de encontrar la cima tapada es de un 80%, así que no esperábamos una bonita panorámica. Además, el regalo de esta ascensión no es la cima sino el precioso recorrido hasta ella.

Durante los últimos metros antes de llegar a la poblada cima atravesamos un par de neveros más y un par de cortados a los paredones de la vertiente Norte, bastante impresionantes. Una vez en la cima echamos un vistazo alrededor al conjunto de ruinas que antaño fue una estación meteorológica. También hay un vértice geodésico encima de un enorme bloque de piedras, provisto de unos buenos escalones.

Afortunadamente, entre el conjunto de ruinas se puede encontrar una pequeña caseta elevada que sirve de refugio. Es una caseta muy pequeña, con capacidad para un par de personas tumbadas, con su techo y su puerta de metal. Estaba llena de basura en su interior, aunque al menos había un par de esterillas y se estaba incluso cómodo a resguardo del viento. Comimos allí un buen bocadillo de jamón y descansamos durante al menos media hora antes de comenzar a descender.

El descenso, como era de esperar, transcurrió sin complicaciones, siguiendo todo el sendero ahora en bajada. El único inconveniente fue precisamente el empedrado, que para descender, aunque ayudados por bastones, es muy desagradecido para las rodillas. A medida que la cima iba quedando atrás las nubes se fueron despejando y durante la bajada el paisaje se veía ahora incluso más nítido y colorido. La helada de la mañana había ido desapareciendo y los valles mostraban unos colores más vivos, e incluso unos rayos de sol nos bañaron el alma durante unos instantes.

Tanto al subir como al bajar nos topamos con los tres tipos que estaban arreglando el sendero, que estarán allí hasta 2018. Uno de ellos se alojaba en nuestro albergue, así que pudimos charlar un rato. Un escocés con aires de militar, disciplinado y curtido, educado y simpático. Después de dejarles atrás nos tocó desandar todo ese rodeo que tuvimos que realizar al subir, antes de llegar de vuelta al calor del hogar. De haberlo sabido, tal vez hubiéramos saltado esa primera valla.

Y como no sólo de subir al monte ha tratado este viaje, de nuevo salimos a pasear por Fort William para celebrar la ascensión con cierto aire de sofisticación, catando fish & chips y unas buenas pintas, de ale y Guinness sobre todo, en los mejores antros de la ciudad.

Al día siguiente aprovechamos la mañana para visitar un castillo cercano y la destilería Ben Nevis, donde pudimos saborear buen whisky cuyo ingrediente principal son las gélidas aguas provenientes del deshielo de la nieve de la montaña. Acto seguido condujimos de vuelta hacia Edimburgo y esta vez, aunque el tiempo siguió siendo nefasto, sí pudimos maravillarnos con los espectaculares valles y las montañas y las rocas y los ríos de las Tierras Altas de Escocia.

De vuelta en Edimburgo aprovechamos esa tarde y la mañana siguiente para escuchar música en directo, pinta en mano, en un pub ubicado en una antigua iglesia reformada, probar otro de los platos tradicionales ingleses, el curry hindú, y hacer un poco de turismo urbano. Una encantadora ciudad de visita obligada, llena de historia y realmente bonita, especialmente en esta época en la que todo estaba adornado hasta la saciedad con motivos navideños.

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